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¿POR QUÉ MUERDEN LOS NIÑOS PEQUEÑOS?

 

Por Lic. Elvira Chávez Martínez

 

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Por Lic. Elvira Chávez Martínez

Aunque en ocasiones podemos sentirnos desesperados porque nuestros niños pequeños muerden, no lo hacen por molestar o lastimar a otros. Cuando un niño, de entre 2 y 4 años, muerde puede deberse a varias razones, lo importante es identificar qué lo orilló a que lo hiciera. A esta edad algunos niños no dominan aún el lenguaje y tienen muy poca tolerancia a la frustración. 

 

Un niño que no tienen forma de comunicarse, que no encuentra las palabras con rapidez de expresar sus emociones; lo que está sintiendo en determinada circunstancia, lo hará a través de sonidos como gritos o de acciones como golpes, mordidas, empujones, arañazos, etc. Es su forma de decir: voltea a verme, aquí estoy, me siento asustado, deja de agarrarme, quiero jugar, préstame ese juguete, yo lo tenía primero, no me lo quites, yo estaba en ese lugar primero, etc. Entonces están expresando sus necesidades y sentimientos, ya sea de alegría, regocijo, enojo, angustia, frustración, desesperación, miedo o porque están nerviosos.

 

Los niños pequeños están aprendiendo a socializar. Se encuentran en una etapa del desarrollo social que aún no les permite jugar o relacionarse con sus semejantes: a compartir sus cosas. Se enfrentan a momentos en los que están muy cerca de otros y esto puede ser para ellos demasiado agobiante, originando que reaccionen de forma agresiva pegando o mordiendo.

 

Otra causa puede ser que muerdan para ver qué efecto tiene en los adultos. Los niños aprenden muy rápido sobre qué conductas hacen que los demás los volteen a ver o para que les hagan caso. Pueden llegar a morder para ver si logran obtener la atención o reacción de una persona cercana y querida por ellos.

 

Comprender la razón por la que un niño muerde, es el paso para ayudarle a cambiar su comportamiento. 

 

No obstante, si morder se repite con frecuencia, posiblemente sea señal de que el niño está pasando por algún problema emocional. Posiblemente sea el resultado de una disciplina excesiva o severa o porque están expuestos a situaciones violentas. Puede tratarse de un problema serio que requiera de intervención profesional para reducir y evitar la agresividad o ansiedad en nuestros niños.

 

¿Cómo podemos ayudarles?

 

  • Lo primero es observar el contexto por el que se dio el evento de la mordida, ver y comprender cuál fue el motivo que lo originó. Identificar qué sucedió antes de que mordiera, a quién, cuándo y dónde muerde. Lo hace cuando hay muchos niños a su alrededor, si el espacio donde se encuentran es muy pequeño, si tiene hambre o sueño, cuando se siente sólo, si hay mucho ruido donde está. Identifiquemos si lo estamos apurando para que realice algo, si lo estamos tratando de manera abrupta, si le negamos algo que él quería, si está tratando de usar un juguete y le cuesta trabajo manipularlo. Todo esto puede, con frecuencia, producirle sentimientos de frustración, que aún no sabe controlar, y de enojo que posiblemente lo llevan a tener un comportamiento agresivo.  Detengámonos un poco entonces a indagar qué fue lo que le perturbó para que reaccionará así y entonces sabremos como actuar o prevenir.

 

  • Ponerle límites es parte de darle cariño. Los límites son parte de la orientación que le vamos dando a nuestros niños. Cuando un niño se siente amado y aceptado, responden a la orientación de manera positiva. Ponerle restricciones moderadas a su comportamiento y acordes a su edad es parte de amarlo. Nuestros niños son muy inteligentes, poco a poco se van dando cuenta cuando una conducta es aceptada.  Aún cuando sea pequeño, es importante hacerle notar cuándo una conducta es aceptada y cuándo no. 

 

  • Reaccionar a la primera mordida. Lo primero es ser respetuoso, amable y actuar físicamente rápido y con claridad. Separemos y digamos un ¡Oh, no! en un tono claro, firme y amable. La primera vez que muerda puede ser la última, si actuamos claramente.  Si por el contrario solo decimos palabras y actuamos después, el niño seguramente lo volverá a hacer. 

 

Seamos amables, cariñosos y muy sensibles cuando lo detengamos. No juzguemos ni le demos un sermón, recuerda que a esta edad sólo reaccionan y no muerden por que quieran, lo hacen porque aún no saben como expresarse. Lo único que entenderán será que el adulto no está contento con él y que además es malo; dudará de sí mismo y posiblemente morderá más.

 

  • Tiempo fuera.  Investigaciones nos muestran que los tiempos fuera se darán de acuerdo con la edad, un minuto por año. Ejemplo: “un niño pequeño de dos años, el tiempo que permanecerá esperando a ser integrado nuevamente será de dos minutos”. (Robert 2012).

 

El tiempo fuera ayudará al niño a que se calme para después indagar por qué reaccionó así; además, nos sirve para recordarle que cuando muerde le duele mucho a los otros y que si necesita o le pasa algo nos llame.

 

  • Nunca le hagamos lo mismo al niño para que sienta lo que el otro sintió. Sólo le creará confusión al no saber porque lo muerden y le estaremos diciendo que es algo que se puede hacer; crearemos en él consternación y miedo, además de dolor.

 

¿Qué podemos hacer cuando un niño muerde?

 

Lo primero que tendremos que hacer será mostrarnos serenos y calmados ante los niños. Con amabilidad separemos al niño que ha sido mordido y al que mordió digámosle que pare, que no se muerde porque duele y lastima. Hagámosle notar lo que está sintiendo el niño lastimado: mira está llorando porque le dolió. Ahora concentremos la atención en el niño que ha sido mordido, podemos decirle palabras de consuelo como: cuánto lo siento, sé que te duele la mordida. Esto reconfortará al niño mordido y además enseñará al otro, que es posible sentir compasión y empatía; también le ayudará a comprender lo que ha hecho. Cuando el niño que ha mordido esté tranquilo, podremos enseñarle otras formas de expresar lo que quiere o necesita, por ejemplo: morder lastima, cuando necesites algo, llámame que yo vendré a ayudarte. Si el niño nos llama, es de suma importancia hacerle caso inmediatamente y darle las gracias por que nos llamó en lugar de morder.

 

Satisfacer las necesidades en nuestros niños, de afecto, acompañamiento, cercanía y contacto pueden ser la clave para prevenir cualquier tipo de agresión o necesidad emocional. Disfrutar de la compañía de nuestros niños, estar atentos a ellos, brindarles momentos agradables, escuchar cuando nos llaman y darles mucho amor, hará que se sientan bien consigo mismos y con los demás.

 

 

 

 

 

 

 

Referencia:

Robert S. (2012). Massachusetts Medical Society Public Health and Education 860,  

Winter Street Waltham, MA 02451-1411.

 

Diplomado en terapia infantil

Atenta invitación

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