LOS ALUMNOS TAMBIÉN TE ENSEÑAN, TE HUMANIZAN Y EN OCASIONES TAMBIÉN TE SOPORTAN

LOS ALUMNOS TAMBIÉN TE ENSEÑAN, TE HUMANIZAN Y EN OCASIONES TAMBIÉN TE SOPORTAN

David Malacate Blanco

La educación es un acto humano y por ende entran en relaciones todas las dimensiones humanas con sus luces y sombras. Uno como docente no puede entrar al aula y dejar afuera de ella su historia personal. Aunque hay docentes que comentan que pueden hacerlo. En mi percepción personal, creo que ese tipo de docentes son buenos actores.

En este sentido, mi práctica docente se refleja con las palabras de Bob Strachota (1996), citado por Tomlinson, Carol Ann (2003): “Ni mi vida dentro de la escuela, ni mi vida fuera de ésta, son particularmente dichosas. Mi coche se estropea, riño con mis amigos. Me pongo enfermo y me preocupo por mis hijos. Tengo que vigilar mis estados de ánimo, mis debilidades y prejuicios, mis necesidades y mis límites, para ver de qué manera influyen en mi trabajo. Si puedo analizar el modo en que mis emociones se ponen en juego dentro del aula, podrá refrenarlas mejor cuando sean destructivas y permitir que predomine mi parte juiciosa, constructiva y alegre (p. 75).”

En muchas ocasiones he escuchado a profesores quejarse de los alumnos, cuestión que yo también he hecho: “Este grupo me estresa” “Por más que me esfuerzo, nomás no dan una” “Con fulanito me desespero” “Cuando sutanito no viene a clases todo está más tranquilo”. Percibimos al alumno como un ser deficiente o incompleto que tiene que ser moldeado por el profesor.

Como docentes tratamos de corregir las actitudes de los alumnos, y creemos que todo lo que hacemos es con el fin de que ellos mejoren, pero a veces no percibimos que las formas que utilizamos violentan, e incluso pueden llegar a humillan a los alumnos.

Recuerdo que hace dos años, cuando Belinda, una niña de sexto año se me acercó y me dijo: Me gustaría que me diera clases el maestro Francisco y no usted, él si me explica las cosas y usted quiere que yo las haga, si ni les entiendo.

Mi intención era que el grupo empezara a regular  su aprendizaje e inculcarles que investigaran. Pero esa situación a Belinda le causaba mucho disgusto, situación que quizá percibía pero no le di mucha importancia, hasta que ella me lo soltó a raja tabla.

En la práctica docente me he dado cuenta que mis alumnos han tenido que cargar también con mi mal humor, mi falta de ánimo, mi incapacidad de no respetar sus procesos de aprendizajes, etc. Como humano tengo  muchas cosas que tengo que mejorar y sin una práctica reflexiva, no nos damos cuenta de ellas y con frecuencia lastimamos a nuestros alumnos y bloqueamos procesos de aprendizaje.

Sin duda alguna, el descubrir nuestras carencias como humano y como docente no es nada agradable. A  lo largo de mi ejercicio como docente he ido escuchando palabras de mis alumnos que me han ido educando: “No nos gusta que nos regañe”;

Nos me gusta cuando nos quita educación física para castigarnos”; “Me siento mal cuando no aprendo algo y usted se molesta”; “Me da miedo cuando me pregunta y contesto mal”.

El ir trabajando las actitudes junto con los alumnos ha sido una experiencia enriquecedora que me ha hecho disfrutar más mi trabajo. Me di cuenta que la exigencia autoritaria es más una alimentación a mi ego que al interés por ellos. El que aprendieran cosas, que no  habían logrado con otros profesores alimentaba mi ego. Cuando empecé a respetar sus ritmos de aprendizaje, los conocimientos se lograban con más facilidad, sin presionar  y en un ambiente de respeto y alegría.

Con frecuencia olvidamos que “el proceso de aprendizaje  debe ayudar a los estudiantes a crecer como personas, y que la mediación pedagógica consiste en que se conozcan a sí mismo, el mundo que los rodea y a los demás; y no pretender que los alumnos sean, como uno considera que deben de ser.” Erliz (2010)

 

Una de las cosas que analizo todos los días son mis actitudes en la relación con los alumnos, teniendo como orientación la propuesta de María Sirley (2010): Para tener una calidad educativa… la escuela no puede ser amarga, dura, autoritaria; sino alegre, amorosa, bonita, democrática, inclusiva, fundamentada en dos pilares: el respeto al otro y la comprensión de la educación como derecho de todos.

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