La importancia de la madre en el desarrollo del bebé

La importancia de la madre en el desarrollo del bebé

 

Por Patricia Marsela Ramírez Aguilar

Por Patricia Marsela Ramírez Aguilar

La pertenencia a un grupo social para sobrevivir es una conducta inherente al comportamiento humano; y una de las necesidades más elementales para la sobrevivencia de un bebé, es la figura de una madre que le alimente, le cuide, le proteja e instruya (Minuchin, 1979).

Badinter (1980) y Knibiehler (2001 en Palomar 2005), señalan que la maternidad es un fenómeno compuesto por los discursos y las prácticas sociales, que tiene como piezas centrales el instinto materno y el amor maternal; este constructo imaginario multideterminado, se define y organiza por normas que reflejan las necesidades de cada grupo social y de una época definida de su historia.

Cantón J., Cortés y Cantón D. (2011), señalan que “la madre es vista como el artífice fundamental de la vida del hijo y la responsable de cualquier problema que pueda amenazarle, no sólo en la infancia, sino también a lo largo de toda su vida” (p.12), esta ideología o creencia popular es abrazada por las nuevas madres, ya sean, feministas o tradicionales.

Palomar (2005) define la maternidad como “una práctica en movimiento cuya fenomenología y cuyo sentido se modifican conforme el contexto” (p.40). La idea del amor maternal como un elemento indispensable para el recién nacido, la buena madre se valoriza por la crianza de los hijos y se va perfilando como un valor de la civilización al mismo tiempo que como código de buena conducta.

La función materna está vinculada con la relación afectiva, la función nutricional y la función educativa, de alguna manera absorben la individualidad de la mujer al mismo tiempo que se perfila la separación de los roles de la madre y del padre en relación con las tareas de educación y manutención de los hijos. Así mismo en su artículo Maternidad: historia y cultura, hace un recorrido por los planteamientos que transfiguran a la madre hablando de la importancia de su amor: la función reproductora, la afectividad, la educación maternal, que la convierten en el motor fundamental de cultura.

Badinter (1980 en Palomar, 2005) afirma que el amor maternal no es innato, sino que se va adquiriendo en el transcurso de los días pasados junto a la criatura y a partir de los cuidados que se le brindan, la moral, los valores sociales o religiosos, confundidos con el deseo nada transparente de la madre. Sin dejar de anotar que la contingencia del amor maternal despierta una gran angustia, con su planteamiento la autora orienta la reflexión hacia un aspecto fundamental para la comprensión de la maternidad: su dimensión simbólica la maternidad es, hoy por hoy, un hecho cultural y no biológico, a lo que Palomar, (1996) añade, que se trata de una cuestión de género.

Hendler, L. et al (2012) refieren que la función materna es establecer el vínculo, mantener en vida al bebé, relacionarse afectivamente con él, para hacerle crecer y garantizar su desarrollo psíquico, crear y permitir los apoyos necesarios para cumplir estas funciones, a través de la reorganización de su propia identidad.

Myres (1993, en Polanco 2013) señala especialmente a la madre como generadora de actividades en la vida cotidiana encaminadas a responder a las necesidades y cuidado del niño, dentro de los límites de su contexto, conocimiento y creencias. 

Winnicott (1990) afirma que durante el embarazo la madre se prepara para la llegada del bebé, y se va creando un sentimiento de unidad con el hijo, que le permiten a éste, avanzar y desarrollar sus procesos madurativos. Todos los bebés tienen la necesidad vital de una madre, que les facilite las primeras etapas de crecimiento psicológico, psicosomático y le dé estructura a su personalidad.

En su tesis central refiere que las madres desarrollan una impresionante capacidad para identificarse con su bebé, lo que les permite satisfacer las necesidades básicas de éste; la función materna por tanto señala el autor es, “sostener adecuadamente al bebé” (en un sentido amplio que atribuye al termino), y fomentar así el crecimiento emocional y acorde a las tendencias del desarrollo, evitando retrasos y distorsiones, proporcionándole un ambiente facilitador para que los procesos psicológicos y madurativos se vuelvan reales.

Kaye, (1982) refiere que la “díada madre-bebé” se establece mediante un proceso crítico de ajuste al bebé, de apego emocional y de redefinición del concepto de sí misma, en el que él aprenderá a ser parte de su sistema familiar utilizando regularidades inherentes al comportamiento infantil, para posteriormente convertirse en un auténtico sistema social.

Solifer (1979, en Polanco, 2013) considera que una de las funciones principales que tiene la madre es su capacidad de gestar, criar y educar a su hijo, además de contar con la aptitud y actitud para ejercer su intuición y comprensión psicológica, lo que la convierte en la principal reguladora de emociones en el hogar. Esto significa que es la madre, quien tiene mayor capacidad y habilidad para reconocer, entender y comprender las emociones, los sentimientos y los problemas que se susciten dentro de la familia.

Durante el desarrollo de la personalidad del niño, la afectividad y el apego juegan un papel muy importante, ya que ciertas pautas características de la conducta de un individuo se conceptualizan en términos de dependencia y sobre dependencia que se tiene en relación con los padres, la poderosa influencia que ellos ejercen en el desarrollo de un hijo, especialmente por la madre, al establecer lazos emocionales íntimos, desde la formación embrionaria del neonato y que prosiguen por toda la vida. Durante la infancia, estos lazos de apego se establecen a través de la protección, consuelo y el apoyo, cuya función es la supervivencia (Bowlby, 1989).

Desde 1953, Bowlby hace hincapié en las relaciones entre madre e hijo para establecer un vínculo entre ambos que le proporcione al bebé la seguridad emocional indispensable para un buen desarrollo de la personalidad, a través de la aceptación y protección incondicional. Por su parte Spitz (1958), señala que la privación temprana de la madre puede tener efectos adversos en el niño, daños permanentes que no pueden ser eliminados. La vinculación es esencial, desde el momento mismo del nacimiento y durante todo el primer año de vida.

Referencias:

Bowlby, J. (1953). Cuidado materno y amor. México: fondo de cultura económica.

Cantón, J., Cortés, M. R., Cantón, D. (2011). Desarrollo socioafectivo de la personalidad. Madrid: Alianza.

Hendler, L. G., Kielmanowicz, R., Reingold, M. y Rotman, M. (2012). Infancia & compañía, la vida emocional del bebé y el niño. Buenos Aires: Lugar.

Kaye, K. (1982). La actividad mental y social del bebé, como los padres crean personas. Barcelona: Paidós.

Minuchin, S. (1979). Familias y terapia familiar. Barcelona: Gedisa.

Palomar, C. (2005). Maternidad: historia y cultura. Revista de estudios de género, La ventana, 22, 35-67.

Polanco, A. L. (2013) Influencia de los diferentes estilos de crianza en el desarrollo psicológico del niño. Tesis de licenciatura. Universidad Nacional Autónoma de México.

Winnicott, D. W. (1990). Los bebés y sus madres. México: Paidós.

Acerca de lo que compartimos en el Blog:


La AMPSIE no es responsable por ningún contenido de videos, fotos, artículos libros enlazadas con este blog. Todo ese contenido está enlazado con sitios tan conocidos como YouTube, Vimeo, Vevo,  recursos y libros encontrados en la web, del mismo modo si tienes algún recurso que quisieras compartir libremente para la comunidad, puedes enviarlo a nuestro correo y pronto lo verás publicado.  El objetivo de este blog es promover la difusión de la psicología, la psicoterapia y la educación, no la piratería. Si tú consideras que algún contenido de este blog viola tus derechos, por favor contactar al web master y lo retiraremos inmediatamente. Por favor escribe a 
[email protected]

Diplomado en Psicología Clínica

Atenta invitación

Más Información

@landing19
https://www.psicoedu.org/diplomado-lenguaje/
cabezafanpage

Deja una respuesta