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La familia como principal protector de los adolescentes para evitar el consumo de drogas, alcohol y la presencia de conductas antisociales.

 

Por Nieves Quiroz del Valle

 

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Por Nieves Quiroz del Valle

La familia es el principal contexto en el que se desarrollan los niños y los adolescentes, y éstos, especialmente, están en una etapa crítica de formulación de las creencias con las que van a abordar la vida más adelante, siendo los mayores desafíos de la época de la adolescencia los que tienen que ver con el desarrollo paulatino de una filosofía de vida, una forma de vida, una visión del mundo.

La familia es un grupo natural que, en el transcurso del tiempo, elabora pautas de interacción que en conjunto dan lugar a la “estructura familiar” que rige el funcionamiento de la familia y define una cierta gama de conductas. Las tareas fundamentales de la familia son apoyar la individuación, proporcionando al mismo tiempo un sentido de dependencia, dos tareas que pueden parecer polos opuestos (Maida, 2004).

Formar niños y adolescentes con bases sólidas que los ayuden a  enfrentar los problemas de la actualidad es todo un reto, por lo que debemos estar preparados para guiarlos y darles las herramientas necesarias para poder superar los problemas propios de su edad.

En general, la psicología se ha focalizado más en la debilidad de la familia que en sus fortalezas, en las cosas malas que en las buenas, actitud que debiera ser revisada, porque si pensamos que la familia es el contexto más importante para que crezcan los niños, es lógico que hay que reforzarla y no debilitarla (Maida, 2004).

Debemos potenciar las cosas positivas que brinda el entorno familiar, ya que así podemos prevenir la presencia de conductas de riesgo en los adolescentes, enseñarlos la importancia del entorno familiar para lograr un sano desarrollo y evitar problemas en el futuro.

A lo largo de los años, se ha demostrado que si en el núcleo familiar se cuenta con prácticas de crianza positivas, involucramiento por parte de los padres, fortalezas y capacidades por parte de las familias para poder ejercer el rol familiar, esto se vuelve un factor de protección para los hijos durante su desarrollo, es por eso que diversas instituciones han trabajado en el desarrollo de programas para incrementar estas habilidades (Álvarez, 2016).

 

Como sabemos las primeras redes sociales están constituidas por la familia, amigos, vecinos, compañeros de la escuela y conocidos de la comunidad; y estos se convierten en un sistema de apoyo social que resulta indispensable para la salud, el ajuste y el bienestar del joven, es decir, que estas redes sociales constituidas por personas significativas para la persona, son fundamentales (Salas, 2018). De ahí la gran importancia de trabajar con las personas involucradas en la formación de los adolescentes.

Cuando los padres tienen buena comunicación con sus hijos, involucramiento positivo, los alientan y dan confianza y establecen estrategias asertivas para solucionar problemas las relaciones que establecen con sus hijos son mucho más fuertes y duraderas, siendo un escudo importante para protegerlos ante diversas situaciones de riesgo.

Actualmente existen diversos programas para padres enfocados en fomentar la comunicación familiar, aprender habilidades de afrontamiento contra adversidades por medio de una crianza positiva y resistente, la idea es potenciar los factores de protección ya que así se puede reducir de manera importante los problemas y mejorar el desarrollo positivo. Es por eso que es de vital importancia sensibilizar a los padres, aumentar su conocimiento sobre el desarrollo infantil y principalmente dotarles de habilidades para ayudarlos con los retos que implica la crianza de un hijo.

Los estudios han  mostrado que la presencia de conductas de riesgo son  particularmente intensas en la adolescencia, esto por cuestiones específicas de esta etapa del desarrollo, por ejemplo la “sensación de invulnerabilidad” o mortalidad negada, la necesidad y alto grado de experimentación emergente, la susceptibilidad a influencia y presión de los pares con necesidad de conformidad intragrupal, la identificación con ideas opuestas a los padres y necesidad de trasgresión en el proceso de autonomía y reafirmación de la identidad, el déficit para postergar, planificar y considerar consecuencias futuras (Corona, 2011).

Durante esta etapa es cuando se experimentan las primeras ocasiones en las que los adolescentes deben decidir solos que hacer y que no, es cuando se pone a prueba sus propias capacidades para tomar las mejores decisiones basadas en los valores y aprendizajes adquiridos por su entorno, específicamente por su familia.

La adolescencia se caracteriza por ser clave en la adquisición de los estilos de vida, saludables o problemáticos. La adquisición de un mayor nivel de independencia del ambiente familiar y un mayor compromiso con el grupo de iguales puede llevar a los adolescentes a nuevas situaciones donde se enfrentan a la toma de decisiones que pueden afectar su futuro; en esta etapa los jóvenes pueden incurrir en conductas problema como fumar, beber, uso de drogas, iniciar su vida sexual, tener relaciones sexuales desprotegidas o bajo el influjo de alcohol o drogas, manejar a exceso de velocidad o bajo el influjo del alcohol (Salas, 2018).

La aceptación por parte de los pares es lo que hace en ocasiones que los adolescentes se involucren en situaciones de riesgo, hacen que no midan las consecuencias de sus actos, por lo que es importante como padres conocer cuáles son las problemáticas que pueden presentarse para estar alertas y poder ayudarlos si es que se presenta algún conflicto.

 Corona (2011) nos muestra las principales conductas de riesgo que se presentan en la adolescencia, y comenta que en la actualidad existe un gran interés en el desarrollo positivo de los jóvenes, este enfoque orienta a los adolescentes a buscar activamente y a adquirir las fortalezas personales, ambientales y sociales, que les permitan ir forjando su desarrollo psicosocial y una salud física adecuada. Menciona tres etapas de conductas de riesgo que son: Etapa inicial de los  10 a 13-14 años son los primeros intentos de la necesaria salida desde la familia al exterior. Se inician algunas conductas de riesgo, por ejemplo, consumo de alcohol y tabaco. Etapa Media: 14-15 a 16-17 años. El hecho central es el distanciamiento afectivo de la familia y acercamiento al grupo de pares, período de mayor posibilidad de involucramiento en conductas de riesgo. Etapa Tardía: 17 -18 a 19 años última fase del camino hacia el logro de identidad y autonomía. En general el adolescente ha aprendido de sus experiencias y según cómo éstas hayan sido, y según el equilibrio con factores y conductas protectoras, las conductas de riesgo se intensificarán (o más frecuentemente disminuirán) progresivamente.

La presencia de conductas de riesgo en los adolescentes los expone a diferentes peligros que pueden dañar su salud y ocasionar consecuencias que perjudiquen su futuro; los grupos de jóvenes que realizan alguno de estos comportamientos estarían más propensos a llevar a cabo otros tipos de conductas riesgosas, lo que los deja en un estado de mayor vulnerabilidad frente a la posibilidad de vincularse con personas y lugares que implican un daño potencial para su integridad (Salas, 2018).

Hoy en día, la mayoría de los problemas de salud en los adolescentes son consecuencia de conductas de riesgo como el abuso de sustancias, trayendo como resultado enfermedades de transmisión sexual, accidentes de tránsito, depresión y suicidio. Los cambios descritos han ocurrido en forma paralela a cambios en la estructura familiar tales como aumento de los hogares monoparentales y del número de mujeres que han ingresado en la fuerza laboral, volviendo más vulnerable un importante núcleo protector del adolescente. Lo anterior aparece como relevante, porque en el desarrollo de un adolescente, el contexto social en que se desenvuelve –familia y escuela– son los contextos más influyentes (Santander, 2008).

 

Esta etapa es crucial para poner a prueba todos los conocimientos adquiridos durante la vida, todos los valores y pautas de comportamiento que desde la familia como principal agente socializador se han adquirido, ya que los adolescentes tienen que empezar a enfrentar retos solos, y resolverlos haciendo uso de todo lo aprendido. Se vuelve el parte aguas de toma de decisiones sanas o de riesgo.

Teniendo en cuenta la situación de vulnerabilidad y la condición de dependencia en la etapa de desarrollo evolutivo que atraviesa el adolescente, diferentes situaciones de su medio social pueden convertirse en condicionantes que promuevan el surgimiento de determinadas conductas peligrosas. En cada contexto social y cultural se pueden identificar distintos factores, tanto protectores como de riesgo, que juegan un papel central en la presencia de estos comportamientos (Salas, 2018).

Por tal motivo, es que es importante trabajar en la prevención, logrando fortalecer a los padres para que ellos a su vez ayuden en el sano desarrollo de sus hijos, dándoles herramientas para poder salir adelante y enfrentar las problemáticas que puedan presentarse. Hoy más que nunca, por los avances en la tecnología y la velocidad con la que la sociedad está viviendo se necesita estar cerca de los hijos, guiarlos, escucharlos y apoyarlos para ayudarlos a crecer y formar bases que formen cimientos sólidos.

Como padres cada uno de los días implica un reto, es importante trabajar distintas habilidades para poder estar siempre que lo necesiten, pero sobre todo estar siempre alerta y abiertos a escucharlos y entenderlos. Jamás pensar mi hijo no haría o a mi hijo no le pasaría porque eso es una venda que no permite ver la realidad, tratemos de no juzgar y entender lo que están viviendo y pasando, quizá como padres podríamos pensar que son cosas insignificantes pero para ellos es el fin del mundo. 

La empatía es una herramienta que puede guiar y ayudar en este camino, entendiendo que un ambiente familiar positivo es el mejor escudo para poder hacer frente a las problemáticas que se presenten.

 

Referencias

 

Álvarez, M.; Padilla, S.; Máiquez, M. (2016) Home and group-based implementation of the “Growing Up Happily in the Family” program in at-risk psychosocial contexts. Psychosocial Intervention 25, 69-78.

 

Corona, F. (2011) Prevención de conductas de riesgo. Rev. Médica Clínica Condes 22(1), 68–75.

 

Maida, M. (2004) Adolescencia y familia. Medwave, 4(7) doi:10.5867/medwave.2004.07.1923

 

Salas, F. (2018) Caracterización de factores implicados en las conductas de riesgo en adolescentes. Revista Abra, 38 (56), 1-16.

 

Santander, S.; Zubarew, T.; Santelices, C.; Argollo, P.; Cerda, J. y Bórquez, M. (2008) Influencia de la familia como factor protector de conducta de riesgo. Revista Médica Chile (126), p.p. 317-324.

Diplomado en terapia lenguaje

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