El duelo en los niños

El duelo en los niños

 

Por Daniela Adriana Cuevas Flores

Por Daniela Adriana Cuevas Flores

El duelo es la reacción natural, normal y esperable de adaptación a la pérdida. Es una experiencia de sufrimiento que comprende todos los ámbitos de la persona. La vivencia del duelo es completamente personal, cambiante, dinámica y no se sabe muy bien cuando empieza y cuando acaba.

En el duelo infantil, los niños viven la pérdida como una experiencia nueva y buscan respuestas y consuelo en los adultos. Pueden estar confusos y no saber qué esperar. La principal diferencia respecto del duelo adulto es que en los niños las expresiones intensas emocionales y de conducta no son continuas, y muy a menudo el malestar no puede ser mediado por la palabra.

En los niños cuando los niños sufren alguna pérdida de un familiar o un ser querido predominan las manifestaciones de tipo fisiológico al ser mayor la dificultad para expresar las emociones y los sentimientos, y en los adolescentes es más frecuente el malestar psicológico. Las manifestaciones del duelo suelen ser más bien cambios de conducta o de humor, alteraciones en la alimentación y en el sueño, y disminución del rendimiento escolar.

De los 3 a 5 años en cambio se enfocan en detalles concretos. Personalizan la experiencia y pueden llegar a creer que pueden haberla causado ellos. Debido a que todavía son incapaces para manejar el tiempo y el concepto de finalidad, creen que la muerte es reversible. Además, consideran que la persona muerta conserva cualidades de las personas vivas. Las reacciones comunes a la muerte a esta edad son el miedo a la separación de los padres y otros seres queridos, rabietas y explosiones de irritabilidad, llanto y aislamiento, además de conducta regresiva, trastornos del sueño o incremento en los temores usuales como a la oscuridad, por ejemplo.

Los niños viven el duelo como una experiencia nueva y buscan respuestas y consuelo en sus mayores. Para ellos lo desconocido puede resultar confuso y amedrentador, y la gran mayoría no sabe qué esperar luego de la pérdida de un miembro de la familia o de un amigo. La principal diferencia respecto del duelo de un adulto es que en los niños las expresiones intensas emocionales y de comportamiento no son continuas, pues en ellos el dolor puede aparecer de manera intermitente y relativamente breve en relación con los adultos, aunque el proceso puede durar más tiempo (Perry, 1998).

Entre los 5 y los 9 se da una mayor comprensión respecto a la propia salud personal y seguridad. Sin embargo, se da la personificación de la muerte, sus respuestas van encaminadas a causas específicas más que a procesos generales: pistolas, cuchilladas, explosiones, ataque al corazón, etc. Durante este período hay una auténtica curiosidad por ver lo que ocurre después de la muerte. Las reacciones comunes a la muerte son la rabia, comportamiento envalentado, negación, irritabilidad, culpa, fluctuaciones en el humor, miedo a la separación, a estar solo, además del aislamiento, regresión y dolores físicos (dolor de estómago o de cabeza). Frecuentemente problemas escolares y dificultades de concentración.

Los preadolescentes, de 9 a 12 años tiene una comprensión madura de la muerte, ya que es concebida por los cinco conceptos que lo caracterizan, es permanente, irreversible, inevitable, universal y no funcional. Por ello, las respuestas son semejantes a los de los adultos, aunque frecuentemente se suelen dar exagerados intentos por proteger/ayudar a los cuidadores y miembros de la familia. Sobresale el sentido de responsabilidad en los conflictos familiares y suelen darse fuertes deseo de continuar con el compromiso social. Aun así, por norma general, suele brillar el sentirse diferentes a otros que no han experimentado una muerte. Debido a la mayor madurez de su personalidad, los adolescentes pueden enfrentar en mejores condiciones las consecuencias de la muerte. A diferencia de los niños, no dependen por completo de sus padres para desarrollarse; no obstante, si pierden a uno de estos pueden presentar problemas muy peculiares, tales como abotargamiento, evitación de sentimientos, resentimiento, pérdida de confianza, culpa, vergüenza, depresión, pensamientos suicidas, aislamiento, ansiedad, pánico, oscilaciones del humor, irritabilidad, exagerada euforia. A pesar de que muchas veces tratan de ocultarlo, suelen tener miedo a eventos similares, a la enfermedad, muerte o el futuro.

Los niños van a vivir la muerte dependiendo de cómo sus referentes la vivan, según cómo ese tema sea tratado por los adultos. Vemos que en ciertas familias la muerte no se nombra, pasa a ser un tema tabú, y cuando estos niños se convierten en adultos, pueden aparecer más dificultades para atravesar el duelo. 

Si como adulto o adulta te sientes capaz de poder colocarte frente a tu hijo o hija y hablarle del duelo te invito a que continúes leyendo. Si sientes que esto te sobrepasa y o que esto te afecta tanto que no puedas atender las necesidades del niño, te animo a que puedas pedirle a una persona cercana que pueda acompañar a tu hijo o hija o quizás poder pedir ayuda a personas externas a tu entorno.

Cuando un niño o niña sufre una pérdida, o incluso un adulto, lo que ocurre es que la sensación de seguridad se tambalea. La pérdida repentina sobre todo genera una sensación de falta de control y de seguridad que puede llegar a ser muy abrumadora, algo interno se mueve dejando un vacío muy doloroso. Como si se rompiera nuestro propio edificio interno de creencias sobre la vida y sobre todo aquello que conocíamos hasta ahora. Por ello, el objetivo transversal será proveer a este niño o a esta niña de esa sensación de seguridad, ayudándole en su proceso de reestructuración.

Las pérdidas infantiles surgen como un continuo en el desarrollo y en la vida cotidiana. Cuando no aparecen con la máscara de la muerte, lo hacen como abandono, ausencia, falta o ambigüedad: extrañar el cuidado, protección, sobreprotección, el trato diferencial otorgado por los adultos significativos, los tipos de juguetes y de juegos, el lugar que se ocupa en la familia, pasar de ser el que recibe el cuidado a ser el que lo prodiga.

Autor 

Psic. Cuevas Flores Daniela Adriana

Referencias: 

  • Báez, M. (1998). El proceso de elaboración del duelo en la infancia: una experiencia clínica. Revista de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente, SEPYPNA, (26), 115-129.
  • Bayés, R. (2001). Psicología del sufrimiento y de la muerte. Barcelona: Martínez Roca.
  • Donzino, G. (2006). Duelos en la infancia. Características, estructura y condiciones de posibilidad. Cuestiones de Infancia, 3 (32), 39-57.
  • Gómez, M. (2004). La pérdida de un ser querido. El duelo y el luto. Madrid: Arán ediciones.
  • Perry, B. (1998). La pérdida en el niño: muerte, luto y duelo. Cómo pueden ayudar los cuidadores a niños que han estado expuestos a muertes traumáticas. Child Trauma Academy, Serie educativa para cuidadores, vol. 1, núm.4, mayo de 2006 [http://www.childtrauma.org/ctamaterials/deathsp.asp].
  • Villanueva, C. y García, J. (2000). Especificidad del duelo en la infancia. Psiquiatría Pública, 12 (3).

Diplomado en terapia infantil

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