DUELO  ANTE LA PERDIDA DE LA SALUD

DUELO  ANTE LA PERDIDA DE LA SALUD

LOPEZ SARMIENTO  VIRGEN KARINA

Comúnmente las personas asocian la palabra “duelo” ante la muerte de un ser querido, pero el duelo en realidad abarca cualquier tipo de perdida incluso las pérdidas materiales o hasta la pérdida de un empleo.

En esta ocasión me gustaría hablar de otro tipo de perdida, como lo es la perdida de la salud. Cuando alguien pierde la salud, lo llamamos “enfermedad” y obviamente a nadie le gusta estar enfermo, menos si estamos hablando de una enfermedad grave que podría ocasionarnos la pérdida de la vida, lo que comúnmente llamamos “muerte”.

Pero ¿porque sería mejor decir  “perdida de la salud” y “perdida de la vida”  en vez de decir “enfermedad” y “muerte”?

Cuando perdemos a una persona, un bien material o un empleo, sabemos que nos duele por la necesidad o el apego que teníamos, nos cuesta trabajo entender que perdimos aquello que tanto trabajo o esfuerzo nos costó obtener, es algo exterior, ajeno a nosotros mismos, es algo que no podemos manipular a nuestro antojo. Cuando tenemos pareja tememos que la relación en algún momento llegue a su fin, cuando tenemos un trabajo nos esforzamos pues sabemos que de no hacerlo podríamos perderlo. Estamos conscientes de que podríamos perder lo que tanto valoramos.

Sin embargo cuando se trata de la salud o de la vida, estamos hablando de un asunto interno, algo que es de nosotros mismos, algo con lo que nacimos, que se nos dio sin pedirlo, es algo que generalmente damos por hecho que tendremos por muchos años. Generalmente no vivimos pensando que podemos enfermar y morir en cualquier momento. No solemos cuidar la salud como el trabajo o como a una pareja. Mientras nos sentimos bien solemos hacer cosas que sabemos pueden perjudicar la salud y lo hacemos despreocupadamente.

Y cuando algo sucede y nuestra salud se ve afectada gravemente es cuando entendemos lo vulnerables que somos, es apenas hasta entonces cuando valoramos lo que es sentirse bien, poder comer cualquier cosa, tomar helado, correr y salir a donde nos plazca, etc.

Si las cosas son más graves y  vemos la posibilidad de perder un miembro de nuestro cuerpo, es aún más difícil pues generalmente no estamos agradecidos por tener riñón o un brazo, no los cuidamos pensando que los podríamos perder, como el empleo o la pareja. Creemos que están en buen funcionamiento y que no hay motivo de riesgo.

Entonces decimos estamos “enfermos” y tenemos la esperanza de recuperarnos de dicha enfermedad. Pero qué pasaría si en vez de decir enfermos decimos Hemos perdido la salud. Eso haría que le diéramos más valor a lo que ya poseemos y tendríamos más cuidado de no perderlo.

Tendríamos que ver la salud desde que la poseemos como un tesoro preciado que podríamos perder en cualquier momento por cualquier razón, a cualquier edad. Tendríamos que estar conscientes de lo vulnerables que somos.

Es este concepto el que podría cambiar la percepción de la enfermedad y de la muerte.

Estar siempre cuidando la salud y la vida, sin caer tampoco en exageraciones que nos impidan vivir una vida tranquila, sin miedo pero si con precauciones.

Es entonces que cuando perdemos la salud, como en cualquier duelo lo primero es el momento de la CRISIS, que no llevo a que esto ocurriera, el acontecimiento que estamos viviendo, la noticia que nos viene a mover el suelo.

De principio llega la NEGACION, no podemos creer que estemos padeciendo de cierta enfermedad y peor aún si somos jóvenes pues tenemos la creencia que las enfermedades solo vienen a cierta edad. Nos negamos a perder la posibilidad de seguir la vida a como la estábamos llevando, incluso aun cuando sabemos que puede ser solo algo temporal. Nos negamos a comer o tomar lo que acostumbrábamos. Y nos negamos por supuesto a perder algún miembro o tener que pasar por tratamientos complicados y dolorosos.

Y cuando la enfermedad es grave se le aúnan otras perdidas, como podrían ser la de actividades que hacíamos  y que ya no podemos realizar, incluso en ocasiones podemos perder el trabajo o a una pareja. Y nos negamos a aceptar que nuestra vida tenga un cambio tan drástico.

Después de esta etapa de negación pasamos a la etapa del ENOJO, en donde descargamos toda la impotencia que sentimos por no poder controlar lo que está pasando, incluso enojo hacia nosotros mismos por no haber sido precavidos, por no habernos cuidado o habernos dado cuenta desde antes que ya teníamos síntomas de la enfermedad y que no reaccionamos. Cuando la enfermedad es ocasionada por algo externo, creemos tener más derecho de enojarnos pues alguien o algo más provoco lo que hoy me hace sufrir y lo consideramos injusto. Incluso el enojo podría extenderse hasta la gente que no padece de lo mismo que yo, nos podría enojar que ellos no estén pasando por lo mismo, que estando en el mismo lugar o en la misma situación ellos hayan salido bien librados y nosotros no.

Una vez descargada toda la furia, pasamos a otra etapa en la que iniciamos una NEGOCIACION sobre  lo que estamos viviendo. Empezamos a darnos cuenta que no tenemos otra opción más que pasar por este proceso y se visualiza en nuestra mente una serie pasos a seguir o tiempos que nos van abriendo el camino a la solución del problema que estamos viviendo y como lo vamos a enfrentar.

Después de darnos cuenta de que no hay otra opción y que es esta realidad lo que tengo que trabajar, viene la DEPRESION, donde sentimos tristeza por el solo hecho que nos haya tocada vivir este malestar o enfermedad. La depresión es un estado de desánimo pues no encontramos motivación en lo que estamos viviendo. La depresión es una etapa larga dentro del duelo, es lo que podríamos llamar “tocar fondo” y es ahí donde algunas personas que no tienen la fortaleza pueden caer en salidas falsas.

Lo bueno de entrar en la depresión es que es el punto más profundo al que podamos llegar, de ahí vendría la ACEPTACIÓN, una etapa donde aprendemos a vivir con lo que tenemos, empezamos a valorar lo que todavía poseemos, incluso hasta podemos apreciar que hay otras personas que viven situaciones peores a la nuestra, y no es que nos dé gusto, pero comprendemos que podríamos estar aún peor y  nuestro estado de ánimo se va recuperando poco a poco, hasta llegar a motivarnos por lo que hacemos, buscamos logros pequeños que nos alienten.

La enfermedad tendría que ser vista entonces como algo común y lo probable que pudiéramos padecer y la salud tendría que verse como un tesoro que tenemos que cuidar día a día.

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