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Sobre los fundamentos del sociodrama desde el pensamiento de dos autores de la tradición grecolatina clásica

SILVIA ALDARA FLORES HERNÁNDEZ

La noción contemporánea de lo que es el sociodrama se remite a los planteamientos que postuló a inicios del siglo XX el pensador de origen rumano Jacobo Levy Moreno. Sin poner en duda la innovación de dicho autor, es pertinente señalar que la consistencia misma de la eficacia del sociodrama como técnica se funda en aspectos que constituyen el fundamento mismo no sólo del discurso y ejecución teatral o gesto histriónico. Dicho planteamiento remite a las primeras reflexiones de las que se tiene registro en occidente y que en el presente texto se retoman brevemente para señalar dicha fundamentación.

Como punto de partida se toma la definición que del sociodrama ofrece de manera sintética proporciona la autora venezolana Beliza Castillo:

El Sociodrama centra su base en hechos sociales específicos y problemas colectivos, haciendo que el sujeto vivencie y se relacione con una realidad que pertenece a todos y […] va de lo colectivo a lo individual. […  Así, l]a representación de un suceso traumático, el revivirlo ahora en el grupo, ayuda al individuo a terminar con la tensión y a tomar conciencia de su situación. (Castillo, 121, 137).

Por ello, es posible decir que la imitación es inherente a la forma en que el ser humano se relaciona con su entorno y con los demás. Desde su nacimiento y a lo largo de su infancia todo individuo aprende imitando los gestos y el habla misma de sus cuidadores; y es por ello que también aprende al recrear una situación de conflicto.

Así, respecto a la ficción y el entendimiento, Aristóteles refirió lo siguiente en su libro de la Poética:

Los objetos que los imitadores representan son acciones, efectuadas por agentes que son buenos o malos (las diversidades del carácter humano, casi siempre derivan de esta distinción, pues la línea entre la virtud y el vicio es la que divide a toda la humanidad) y los imitan mejores o peores de lo que nosotros somos, o semejantes, según proceden los pintores. Así Polignoto representaba a sus personajes superiores a nosotros, Pausón, peores, y los de Dionisio eran tales como nosotros. (Aristóteles, p. 5).

Y al ser el sociodrama un tipo de imitación, el individuo que participa de él adquiere un aprendizaje, a lo que ya remitía el autor clásico Horacio cuando indicó que la enseñanza debe hacerse de modo que deleite.  En el caso del sociodrama, este les brinda a quienes participan en él el deleite de la solución del conflicto a partir de la enseñanza obtenida:

O que sus obras instructivas sean,

O divertidas, ó que contengan cosas

Al paso que agradables, provechosas. (Horacio, p. 52)

No obstante, además del deleite que proporciona la solución por la comprensión del conflicto, otra característica que asimismo posee el sociodrama remite asimismo a otra recomendación que da el propio Horacio. El sociodrama debe presentar un problema específico que le da la unidad necesaria a toda la puesta en escena.

Si enseñar quieres, concisión observa;

Que humano concepto,

Quando[1] es breve el precepto,

Percibe dócil, y puntual conserva,

Y todo lo superfluo, y nó del caso

Rebosa, quál licor que colma el vaso. (Horacio, p. 52)

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Así, para que resulte efectivo, el socidrama ha de tener una temática delimitada y que se represente de forma breve, para que los involucrados experimenten la resolución del conflicto a la manera de la catarsis aristotélica, es decir, que purguen las emociones problemáticas gracias a la representación de éstas.

Por ello, tras la puesta en escena del conflicto, los participantes podrán reflexionar en torno al mismo con suficiente distancia y plantear soluciones pertinentes.

Aristóteles, La Poética, Cap. III, pp. 3 – 43[Consultado el 28 noviembre de 2015 en:http://www.ugr.es/~encinas/Docencia/Aristoteles_Poetica.pdf

Castillo, B, “Psicodrama, Psicodrama, Sociodrama y Teatro del Oprimido de Augusto Boal: Analogías y Diferencias”, en Teatro: Revista de Estudios Culturales, vol. 26, núm. 26, Primavera 2013, New London, Connecticut, EE.UU., pp. 117 – 139.

Horacio, El arte poética o epístola a los pisones, tr. Tomás de Yriarte, 1777, 180 pp.

[1] Se respetó la ortografía y la acentuación de la traducción para conservar la cadencia poética.

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