LA DISCAPACIDAD AUDITIVA VS LA SORDERA

Arlette Escobedo Delgado

Las personas sordas, arropados por las nuevas concepciones “inclusionistas” son incluidos en la categoría de “personas con discapacidad”; en su caso, con una discapacidad auditiva. En este marco referencial, una vez más se pone en énfasis en la “pérdida auditiva” y no en el hecho de que la falta de audición no representa un límite de sus potencialidades lingüísticas y cognitivas. Por eso, durante estos últimos años, hemos rechazado esa concepción, porque pensamos a las personas sordas como miembros de una comunidad lingüística minoritaria y no como discapacitados. Sin embargo, los propios sordos parecen estar aceptando esa condición de “personas con discapacidad”. Se incorporan a distintas organizaciones (asociaciones, sociedades, plenarios y congresos, entre otras), con personas portadoras de distintas “discapacidades”, motoras, visuales y cognitivas, es decir, con personas que antes se conocían como paralíticos, ciegos y retardados mentales. Y se reúnen para obtener ciertas prebendas que la sociedad formada por personas sin discapacidad está dispuesta a otorgar a aquellos de sus miembros que son designados, con sospechosa benevolencia, como personas con “capacidades diferentes”.

Sobre esta base conceptual, se justifica que los profesionales y los políticos sigan teniendo en sus manos el poder de decisión sobre aspectos fundamentales de la vida de las personas sordas. Es el caso de la educación, de la salud y del trabajo. Así, son estos “decisores” (médicos, psicólogos, docentes, logopedas) quienes determinan cómo debe ser la atención médica (implantes cocleares, amplificadores y tratamientos rehabilitadores), la atención educativa (inclusión escolar, presencia de intérpretes, opciones académicas), y la oferta laboral (empleos protegidos). La participación de los interesados, aquellos a quienes afectan directa, profunda y definitivamente estas decisiones, en el mejor de los casos es sólo decorativa, sin ninguna relevancia.

No puede ser de otra manera. Las personas con capacidades “iguales”, es decir, con capacidades “no diferentes” que antes se autodenominaban “normales” toman en sus manos las decisiones que afectan a las personas con capacidades afectadas, que tienen “derecho” a ser tuteladas para evitarles males más o menos previsibles, en razón de su discapacidad. No puede ser de esta forma, porque más allá de los significantes que tanto placer encuentran los “expertos” en modificar, subyace el significado, que no admite ser tan fácilmente modificado. En efecto, etimológicamente el prefijo “dis” alude a algo que no funciona bien (disfuncional), y es utilizado ampliamente en el campo de la medicina como: discromía, disfasia, disfonía, disimetría, dislalia, dislocación, disnea, dispepsia, dispraxia, distocia, distonía, distrofia, disuria … Pero también, este prefijo se utiliza con la misma connotación en el campo de la pedagogía: discalculia, disgrafía, dislexia, disortografía … Y por supuesto, también el prefijo “dis” tiene amplia aplicación en la vida cotidiana: disarmonía, disconformidad, discontinuo, discordante,  disociación, disonancia, distorsión … Todos estos vocablos pueden encontrarse en el Pequeño Larousse Ilustrado que, curiosamente, define “discapacidad” como “minusvalía”. Ni más ni menos…

En mi punto de vista prefiero que las personas sordas fuesen sordas y no personas con discapacidad auditiva, pero no creo que valga la pena hacer de esto un punto de honor, porque la gente en general, gente corriente, gente con sentido común, los seguirá llamando sordos, así como siguen llamando ciegos a los ciegos y no personas con “discapacidad visual”. Sería ridículo, aunque no impensable, que algún Ministro de Educación, “ preñado de buenas intenciones, proponga corregir las ediciones del Lazarillo de Tormes, del Informe sobre Ciegos, de Sábato, para escribir “personas con discapacidad visual en lugar de ciegos, o reformular refranes como éste: “A palabras necias, oídos con discapacidad auditiva…”.

Lo grave de todo estos es que, tras las viejas o las nuevas fórmulas, se mantiene la arraigada convicción de que los sordos (que hace ya tiempo dejaron de ser llamados sordomudos, aunque así se autodefinan en sus lenguas de señas), son deficientes, minusválidos, portadores de una carencia que no han logrado superar. Y lo peor de todo es que quienes así piensan tienen razón, aunque pretendan negarlo: los sordos son discapacitados, minusválidos. Pero no porque no oigan, sino porque no han desarrollado normalmente el lenguaje. Los sordos son carenciados de lenguaje y en consecuencia, presentan limitaciones cognitivas.

Así las cosas, los niños sordos se alejarán de una comunidad de “discapacitados”, la comunidad Sorda, para incorporarse, aunque sea en el tren de cola, en una sociedad “normal” (sociedad de oyentes).

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