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De la tristeza a la depresión infantil

Nicte-ha Álvarez Espinosa de los Monteros

Hace poco tiempo no se creía que los niños pudieran deprimirse debido a que no se encontraba desarrollada completamente la estructura de su personalidad  hasta la adolescencia y por lo tanto al no haber conciencia moral no podía haber el síntoma principal de la depresión, la culpa. (Ríe, 1966 citado en Méndez, 2002).

.Fue hasta 1995 cuando la APA definió en el manual de diagnóstico DSM las características de la depresión infantil, las cuales son similares a la depresión en adultos pero con variaciones de acuerdo a la edad.

Sin embargo, creencias como que los niños son alegres por naturaleza, no tienen grandes preocupaciones o problemas, es un berrinche, etc… nos puede llevar a confundir un sentimiento de tristeza con algo más complejo como una depresión infantil.

Por lo tanto es necesario saber identificar cuando es un estado de ánimo que atraviesa el niño quizá por una perdida o situación dolorosa y cuando esta emoción se ha estancado creando un problema psicológico que implica cambios psicofisiológicos, psicomotores y cognitivos, e incluso el riesgo de un suicidio.

Cabe destacar a la tristeza como una emoción primaria que produce falta de motivación e interés por realizar actividades satisfactorias donde  solo se percibe el lado negativo de las situaciones y se expresa en sentimientos de soledad, apatía, autocompasión, melancolía, entre otros. (Valles y Valles, 2000).

Cuervo e Izzedin (2007), investigaron el vínculo entre tristeza y depresión en los niños concluyendo que la tristeza al ocasionar desadaptación es un factor primordial para el desarrollo del trastorno depresivo, es decir, sin tristeza no habría riesgo de depresión y por lo tanto de suicidio, por lo que es importante implementar programas de prevención oportunos que ofrezcan a los niños habilidades de regulación emocional.

La tristeza se suele considerar socialmente como una emoción negativa que constantemente se reprime sobre todo al sexo masculino, sin embargo para Corbella (1994) al ser una emoción que ayuda a la expresión de una perdida o situación desagradable tiene un lado adaptativo que favorece la reflexión y el autoconocimiento además de ser útil para relacionarse y para pedir ayudar.

De tal forma que la tristeza por si misma no es positiva o negativa, y por lo tanto aunque es una de las características fundamentales de la depresión, no podemos decir que si un niño se encuentra en un estado de ánimo triste esté forzosamente influencie una depresión.

Para del Barrio (2000), la depresión infantil se manifiesta en la esfera afectiva, cognitiva y conductual siendo la experiencia subjetiva de la tristeza el punto central de la patología, es decir, para considerar la tristeza como factor de un trastorno de depresión habría que explorar como percibe el niño la situación que lo entristece y si esta emoción afecta su manera de relacionarse, su comportamiento, su aprendizaje y las diversas áreas de su vida, entonces sería considerado un riesgo para la depresión.

Para García y Siverio (2005), también depende de la intensidad y frecuencia con la que se experimenta la tristeza para que pase de ser una emoción adaptativa a desarrollar una patología.

Entonces, para evitar que el sentimiento de tristeza en los niños desarrolle una depresión, habrá que prevenir que sus emociones le ocasionen desestabilidad en su vida cotidiana, por ejemplo; que su rendimiento académico se vea afectado, que pierda el interés por actividades satisfactorias, cambios drásticos en su alimentación, en el sueño y el aislamiento excesivo.

Para prevenir la depresión infantil debemos fomentar en los niños las herramientas necesarias para un manejo asertivo de sus emociones.

El antídoto para la depresión infantil: la educación emocional.

De tal manera que si enseñamos a los niños competencias para que desarrollen la capacidad de expresar y manejar sus emociones adecuadamente, no solo prevendremos la depresión infantil, también se beneficiará su bienestar personal y social.

La educación emocional (Collell y Escudé, 2003) tiene cuatro herramientas fundamentales ha desarrollar:

  1. Autoconocimiento de los sentimientos y las reacciones que me provocan.
  2. Autorregulación del tiempo e intensidad de los sentimientos.
  3. Motivación para controlar mis impulsos y resistir la frustración.
  4. Empatía con los estados emocionales de los demás.

Considerar la implementación de competencias emocionales en el desarrollo integral de los niños como parte de su educación, favorecerá niños con mayor autoestima, capaces de adaptarse a las situaciones difíciles, reconocer y expresar su tristeza asertivamente, previniendo la alimentación de la tristeza desadaptativa que pueda desarrollar la depresión infantil.

Bibliografía

Collell, J.; Escudé, C. (2003). La educación emocional. Revista deis Mestres de la garrotxa. (37), 8-10. Recuperado de http://racoinfantil.com/fichas-y-materiales/las-emociones.

Corbella, J. (1994).Tristeza y depresión. Ediciones Folio SA, Barcelona.

Cuervo, A.; Izzedin, R. (2007). Tristeza, depresión y estrategias de autorregulación en niños. Tesis psicológica. (2) ,35-47.

Del Barrio, V. (2000). La depresión infantil. Factores de riesgo y posibles soluciones. Málaga, Aljibe.

García, M.; Siverio, M. (2005).La tristeza en niños, adolescentes y adultos, un análisis comparativo. Infancia y aprendizaje. 28(4). 453-469.

Méndez, F. (2002). El niño que no sonríe. Estrategias para superar la tristeza y la depresión infantil. Ed. Pirámide, Barcelona.

Valles, A.; Valles, C. (2000). Inteligencia emocional. Aplicaciones educativas. Ed. EOS, Madrid.

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